sábado, 17 de septiembre de 2011

14. Interiorismo

Los sonidos son los mismos pero a las siete de la mañana todo suena distinto: el despertador, el agua en la ducha, la maquinilla eléctrica, los coches en la calle... Es el mundo de los adultos, ese mundo que desgasta mi espíritu y me deja moratones en las piernas. Lo escucho desde la cama y nada me incita a incorporarme.

Día de viento y hojas secas formando remolinos. En este mes de transición entre lo mucho y lo poco, entre el exceso y la contención, es cuando puede observarse la influencia decisiva, incontrovertible, de la atmósfera sobre el carácter humano. Mientras que el frío paraliza los ánimos y el calor los sofoca, el viento los sacude de tal modo que la indolencia suele derivar en apremio. La flor de la piel y sus urgencias.

Suelo elegir los lugares en los que estudio según se le parezcan al día. Si sale amarillo voy a un lugar amarillo. Si sale azul voy a un lugar azul. Y si sale naranja me resigno y resuelvo entre el amarillo y el azul porque el naranja está vedado. Hoy, a falta de ganas, he optado por el lugar azul. Allí abundan los ocres y la luz inservible. Las sillas son mucho más cómodas que en el lugar amarillo y la escasez de gente no anima a competir con nadie. Las miradas son casi siempre amistosas. La falta de energía afecta a todos los órganos por igual.

A las tres, con la cabeza metida entre los brazos, he estado a punto de dormirme pero una sensación de haber abortado algo en el último instante -¿Un ronquido? ¿Una voz? ¿Un grito?- me ha hecho abrir con miedo los ojos y llevarlos a mi alrededor por si la reacción había llegado tarde. Pero no. Aunque he creído soñar algo -o entrever el sueño de ese algo- todo estaba tal y como había estado a punto de dejarlo: en silencio, con un rumor lejano de folios y una chica morena, pequeña y de aspecto delicado al fondo de la sala. La he visto otras veces por allí, con esa misma expresión de calmado interés que tenía hoy mientras subrayaba unos apuntes. Al marcharse me ha parecido que todo estuviera de más dentro de la sala: las estanterías, los libros, las mesas, la gente... Incluso el mismo aire, que ha dejado de estar suspendido y ha caído a plomo, redondo sobre el suelo gris.

A las siete de la tarde los edificios grises se han tintado de una luz de color de trigo y ha aparecido un grillo debajo de la ventana. A las ocho el cielo ha cambiado a rosa y el viento ha silbado entre las rendijas. La noche ha caído unos minutos después. Desde dentro todo exterior se muestra enigmático. Desde fuera todo interior parece confortable. Hoy la luna parece un pelo blanco desprendido de la barba de Dios.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

12. El final del verano

El hombre que se acuesta cada noche en mi cama no es el mismo que se levanta de ella al amanecer. A simple vista pueden parecer idénticos pero se distinguen lo suficiente como para creer que algo ha ocurrido entre las sábanas. El hombre que se acuesta cada noche en mi cama es un valiente capaz de levantar carpas de circo con hilos de algodón, de susurrar un "Te deseo" al oído de cualquiera, de eliminar los escrúpulos de más. El hombre que se acuesta cada noche en mi cama es un inventor de gestas, un relator de gestos que deslumbran durante un éxtasis previo a la fantasía y desaparecen al llegar la mañana.

A principios de septiembre el viento suele tener más fuerza que de costumbre y arranca con mayor facilidad la pintura de los edificios ablandada por la humedad, y tira al suelo las hojas ya gastadas de los árboles. Todo está más sucio y la ausencia de quienes han vuelto al trabajo sugiere el abandono de la semana que viene y los fantasmas del próximo mes. En mi habitación también se aprecia el final de las vacaciones. Las sábanas, limpias y frías, huelen a armario cerrado. Los cajones están llenos de objetos a punto de convertirse en recuerdos. El rumor de las olas suena más cercano y valioso que nunca.

Amanece en el puerto y la lengua de mar que llega hasta el embarcadero se moja de un blanco apagado, casi gris, que se rompe en un temblor de destellos flotantes junto a las barcas encendidas. Las miradas viran obstinadamente hacia el mar abierto, hacia la inmensidad monótona y fría que se pierde. El paisaje se transforma en mensaje. El silencio no incomoda. Aquello que se cuentan los amantes -apenas nada, en comparación- se lo cuentan susurrando con caricias de la voz y de la piel; más de la piel que de la voz, incluso, cuando hablan. ¿Para qué más? El aire lleva, junto al olor de mar, todas las palabras que ni ellos ni el lenguaje mismo han descubierto todavía.

Un niño quiere desayunar en las escaleras. La madre le dice que no, que lo harán sobre la arena de la playa, que para algo han cargado desde casa con las butacas y la sombrilla. Pero el niño no quiere aceptar el argumento y se deja caer sobre los escalones, decidido, sin ninguna intención de seguir caminando hacia la playa. La madre y la hija, que van de la mano, no se detienen ni miran hacia atrás. Ni siquiera miran cuando el niño comienza su berrinche. Al convencerse este de que ya no le oyen -un rato después de asumir que ya no le escuchan- cesa su llanto y se pone en pie, protesta un momento al cuello de su camiseta y luego se pone en marcha dando grandes pasos, con la cabeza levantada y moviendo exageradamente los brazos adelante y atrás. Se ha rendido, sí, pero quiere dejar claro que todavía conserva el orgullo.

Hubo un tiempo en que todos los muñecos de trapo sonreían. En las tiendas de juguetes o sobre los colchones de las camas reinaban la felicidad, el sosiego y esa plenitud dorada de los momentos que buscan permanecer. A base de costuras se desterraban las tristezas evitables. Las niñas, con aquellos muñecos sonrientes, podían soñar con ser madres y sentir la maternidad como un reino deslumbrante de paz, como un paraíso concedido y una fuente de calor de la que gozar incluso antes de entenderla. Podían tomar a sus hijos fingidos entre los brazos y, en un ir y venir con olor a cielo, vivir su particular fantasía de hacerse mayores sin dejar de ser niñas.

Pero llegó el día en que la industria quiso jugar a ser Dios y, a consecuencia de no sé qué pecado original, borraron la sonrisa eterna de los rostros de trapo y articularon los ojos artificiales para apartarlos de la luz y que también pudieran contemplar la tiniebla. Sobre aquellos cuerpos sin la mortalidad que concede la vida, los nuevos tiempos lanzaron las plagas de la necesidad y de la enfermedad, sacando a la luz el cúmulo de tareas y sacrificios que comporta el cuidado de los hijos y que hasta entonces, ingenuamente, se había silenciado. A partir de aquel momento la felicidad dejó de ser gratuita y comenzó a hacerse real. El final de la inocencia.

11. Dos cuentos

Cien.

Al día siguiente le aseguró que, si estaba dispuesta, la próxima vez le daría cien besos. Cien justos. Así, le dijo, sería muy fácil sacar la estadística y descubrir la proporción con que le atraía cada parte de su cuerpo. Le adelantó que, probablemente, dedicaría el 70% de los besos a su parte frontal, el 20% a su parte trasera y el 10% restante a sus laterales. Pero añadió que no estaba seguro del todo y que convendría utilizar un rotulador para delimitar las zonas. A ella le entró la risa. Luego él le informó de que no sabría por dónde empezar, que quizá el instinto le llevaría a algún lugar entre la sien y la clavícula derechas... Pero que eso dependería de diversas variables. Luego estaría mucho más claro: descendería, poco a poco, evitando las zonas comprometidas que, por supuesto, dejaría para el final. Hacia la mitad volvería hacia arriba, durante unos minutos, para besarle el pelo, la frente, las orejas, la nariz, las mejillas, los ojos... Otra duda importante era dónde colocar los besos en la boca. Él dudaba si hacerlo entre el 86 y el 90 o entre el 91 y el 95. Serían cinco, eso parecía claro. Una buena proporción -según su criterio- teniendo en cuenta que lo demás también estaría disponible. Ella cambió de tema sin preguntar dónde recibiría los últimos cinco o diez besos y la conversación se dirigió hacia sus vacaciones respectivas.

***

La quiebra.

Helton Co., empresa surgida de la antigua Waters & Helton Co. la cual, a su vez, provenía de la aún más antigua Murrow & Waters & Helton Co., estaba a punto de desaparecer. La razón de la crisis de Helton Co. estribaba, en opinión de sus principales accionistas, en las extravagancias del viejo Gregor Helton, un loco que no sólo vestía como ellos y hablaba como ellos sino que, además, pretendía ser y actuar como ellos. Gregor Helton no admitía tratos de favor. Su despacho debía ser igual que todos los despachos, su mesa como las mesas del resto, su silla idéntica a todas las demás. En las reuniones no aceptaba un lugar de honor y tampoco que ninguna clase de objeto, ya fuera cartel o bandera, le diferenciara. Esto suponía graves inconvenientes, gravísimos para la salud del negocio, pero Gregor Helton era el jefe y ninguno de sus directivos tenía el suficiente valor para advertirle del desorbitado precio de sus extravagancias.

Una lluviosa mañana de abril la cúpula directiva de Helton Co. se disponía a celebrar una reunión de gran importancia cuyo principal y seguramente único asunto sería el de tomar en consideración la posibilidad de declarar la bancarrota. Gregor Helton fue el último en acudir, lo cual era un hecho extraordinario en aquel viejo que no quería destacar en nada. Al entrar en la sala de reuniones su enorme cuerpo destrozó la puerta, sus formidables patas quebraron las baldosas y, en su intento de acomodarse junto a los aterrorizados accionistas, huidos en desbandada a los extremos del salón, convirtió mesa y asientos en un desperdigado cúmulo de maderos y astillas.

-Que arreglen todo esto para la próxima reunión -dijo, levantando con su habitual elegancia la trompa-. Hasta entonces, señores.

Y salió por donde había entrado, recogiendo su sombrero marrón de entre los escombros del suelo.

sábado, 3 de septiembre de 2011

10. El pájaro amarillo

Me gustaría saber qué hay en ese segundo de más que algunos invierten antes de dejarse llevar por las escaleras mecánicas, sentir qué cúmulo de desgracias, qué horrores intuidos se sucederían en caso de poner los pies en el lugar inadecuado. Quizá entonces descubriría -o ya habría descubierto, de sentirlo- esa necesidad suya de conservar, de contener, de retener el tiempo en cada una de sus posibilidades, la experiencia completa de vivir temiendo la propia muerte. Yo no la temo y aquí estoy –o allí estaba, cuando evitaba reflexionar sobre lo que escribo ahora-, anegado hasta las fauces, sumergido en el diván de la bañera, escuchando sobre la piel esta vida que transcurre sin la gloria de la pena.

Nuria se ha marchado. Se fue hace sin decir nada. Peor aún: se fue sin escuchar nada, por la inercia incontestable de la lógica. Antes me contó que había conocido a alguien pero yo sé que no era verdad. No, al menos, en ese momento. Me dijo que "la situación" era "insostenible", como si en esa frase "insostenible" fuese para más expresivo que "situación". Pero a ella gustaban las palabras en negativo, esas que obligan a buscar varias veces en el diccionario: inenarrable, acromático, desenfundar... Quizá esto se debiera a su permanente búsqueda del equilibrio, a su obsesiva ansia de seguridad. El mal, según su modo de ver las cosas, nunca podía definirse como característica sino como ausencia: no existía lo confuso sino lo impreciso, no la tristeza sino el desánimo, no los gilipollas sino los insensatos... Nuria no creía en el infierno. Creía en un cielo limitado y lo que quedaba fuera de él carecía de un ser propio. La oscuridad sólo podía definirse como ausencia de luz. Por eso dijo "insostenible".

Cuando nos conocimos, lo primero que me atrajo de ella fui yo mismo, tal y como suele ocurrir cuando en el encuentro no media un deslumbramiento súbito. Nuria jamás pretendió esas ni otras exhibiciones y lo suyo fue un amanecer lento y consciente. Me gustaba verme a través de sus palabras, comprobar en ellas que las mías adquirían sentido y que nos entendíamos lo suficiente como para saber que apenas estábamos de acuerdo en nada. No compartíamos las conclusiones pero sí el mecanismo que llevaba a ellas, de igual forma que la naturaleza es capaz de generar características opuestas a partir de un elemento único. La ilación, me decía, sin saber que se escribía sin hache y que no venía de "hilo".

Pasado un tiempo dejé de verme en ella. Dejé de infravalorarla y esa fue mi peculiar forma de dejar de sobrevalorarme. Fue en ese momento cuando empecé a buscarle un adjetivo que la distanciara de mí, que la alejara de mi medida y la definiera tal y como debe de ser para quienes no aceptan opiniones subjetivas. No encontré ese adjetivo pero a cambio fui capaz de ver su definición más perfecta en la certidumbre de una noche: a Nuria se le podía ofrecer la vida con la plena seguridad de la devolvería mucho mejor de lo que era.

Nuria me reconciliaba con la humanidad y lo hacía, paradójicamente, dándome la razón cuando yo criticaba sus miserias. Su primer impulso era contradecirme y mostrarme lo absurdo de mis generalizaciones, decirme que la gente no era la gente sino cada uno; que la gente era ella, su hermana, su madre o su amiga Marina; que la gente, en fin, era su gente, la gente a quien ella conocía. Pero al rato un mal recuerdo cruzaba por su mente y ocultaba su gesto de niña. "Aunque puede que tengas razón", me decía entonces y, aconsejada por aquel mal recuerdo, se rendía, por inercia, como una luz fundida por querer iluminar demasiado. Era en aquella oscuridad compartida cuando yo buscaba las razones que me negaran y nos negaran... Y las razones siempre estaban en ella, en su pecho dolorido, en su cuerpo de adulta que ahora me ha dejado para marcharse a su lado brillante de la luna.

Cuando vuelvo a notar este dolor en el pecho, cuando regresa esta presión que tira de los cabos de mi angustia hasta desplegarla por encima de mi cuerpo, no dejo de pensar en un sueño que tuve en esta casa, a los treinta años, unos meses antes de que se marcharan mis padres. Consistió en una visión breve, intensa y repentina, de un pájaro amarillo, de plumaje suave e inmaculado, dirigiéndose velozmente hacia mí, chocando con violencia contra mi pecho y penetrando en él como un rayo inmaterial, como un asfixiante soplo de luz. Recuerdo que desperté al recibir el golpe y que aún lo sentía mientras las dudas sobre su origen comenzaban a mezclarse, a diluirse y a evaporarse finalmente en contacto con la realidad. Desde entonces, desde aquella mañana, cada vez que me ataca esta enfermedad recreo en mi imaginación lo que me queda de aquel sueño -cada vez menos- y busco a ese pájaro amarillo, eterno a mi manera y a la suya, anidado para siempre en la oscuridad de mis confines.

lunes, 29 de agosto de 2011

9. Una amistad pasada

A. lo tuvo claro desde muy pronto. Cuando tenía doce años mi padre le preguntó si quería hacerse cura –por aquél entonces los dos éramos monaguillos- y él, sin pensárselo apenas, respondió que no, añadiendo por cuenta propia una simple pero sólida razón a su negativa: “Yo es que quiero casarme”. Y se casó. Es más: hasta donde sé, lo ha hecho dos veces... Circunstancia que viene a demostrar, por una parte, que nada mejor para cumplir los objetivos que aspirar a ellos y, por otra, que no conviene descuidar ninguna matización. Pero entonces los dos teníamos doce años y éramos monaguillos. Y amigos.

Los fines de semana jugábamos a tenis en el polideportivo municipal. A. tenía la costumbre de radiar nuestros partidos en directo, a media voz o tres cuartos, para sí mismo pero sin recurrir a susurros por no restarle emoción al choque. Con voz latosa primero daba la bienvenida a los telespectadores “desde la pista central” –y tan central, porque sólo había una- y después ofrecía su opinión periodística sobre cada punto, juego, set y partido. Por las tardes, después del colegio, solía ir a su casa y jugábamos horas y horas a videojuegos. Le habían puesto un televisor en su cuarto y, por si no fuera suficiente este dato de independencia personal –tan admirado por mí-, dicho televisor tenía la arriesgada forma de un casco de moto.

A. era, efectivamente, un hombre libre. Empezó a fumar, a comprar revistas para adultos y a salir con chicas a una edad en la que yo incluso desconocía las tentaciones correspondientes. A él, en cambio, le guiaba su precoz inclinación a la vida conyugal y con la mirada fija en ese faro inconmovible parecía capaz de eludir, uno a uno, todos los escollos referentes a sus años, estado y situación de pre-adolescente. A él pudieron deberse las primeras grandes decisiones de mi vida –la de elegir, por ejemplo, entre su nuevo grupo de amigos y el antiguo con el que acababan de rivalizar- pero aquel lenguaje de hechos consumados no era el mío y tuvieron que pasar bastantes años para que empezara a serlo.

Quizá no deja de ser una fábula o, al menos, una imagen que mi memoria ha adoptado como alegoría de lo que acabó siendo, pero creo que mi amistad con A. empezó a resentirse desde que le compraron el perro. Era un pastor alemán enorme, fiero y sanguinario como no lo he vuelto a ver. Cada vez que entraba en su casa al menos dos de los miembros de la familia tenían que sujetarlo para que no se abalanzase sobre mí y me descuartizase, según las intenciones que se podían adivinar por sus ladridos y por su enconadísima resistencia a la autoridad y a la razón humanas. Desde entonces, nunca más me sentí bienvenido en aquella casa y al poco tiempo un asunto menor me distanció definitivamente de ella.

Fue por una bicicleta. A los quince o dieciséis años. Se la pedí prestada a A. para ir con mi hermano a hacer una pequeña excursión por la montaña y ocurrió la desgracia de que se rompiera una rueda y se desviase el manillar. La caída fue tremenda. Mi hermano, que fue el accidentado, le ofreció a A. la suya de carretera temporalmente y aquel mismo día llevó a reparar la averiada. Nada, pues, se nos podía achacar salvo el infortunio. A. no lo vio así. O, al menos, no lo vio así su familia y él no intervino para desengañarles. Aquella tarde recibí una llamada de su madre y, pese a todas mis disculpas y a todos los propósitos de enmienda de mi hermano, la mujer vino a decirme que mi amistad con A. se había terminado desde aquel mismo instante y que ya no volviese a poner el pie en su casa. Y no volví a ponerlo. A. siguió su camino y yo el mío. Caminos muy distintos salvo algunos encuentros, azarosos y puntuales, en los que siempre nos hemos dicho lo mismo: que si todavía juegas al tenis y que a ver si quedamos un día de estos. Ahora ya sólo compartimos el lenguaje.

miércoles, 24 de agosto de 2011

8. Carta a un aristócrata

Estimado Señor:

Como usted sabrá yo nací en tierra de bárbaros, hijo de una raza cuya principal peculiaridad ha consistido -casi desde su irrupción en el mundo- en no haber inventado nada bueno ni dejado cosa mala por inventar. A pesar de su escasa aportación al progreso humano, es digno de admirar, sin embargo, el enorme y continuado aprecio que este pueblo ha sentido por las artes, un aprecio que le ha llevado, en no pocas ocasiones, hasta el extremo de querer destruirlas por completo. No en vano, la nuestra es la cultura de la pólvora.

A menudo se me ha reprochado mi piel clara, la delicadeza de mis manos y el tiempo que, dedicado al ocio, me ha conferido tal piel y tales manos. Se me ha tachado de holgazán, de vividor, de aristócrata... E incluso hay quien, rayando lo intolerable, ha dicho ver en mí la manifestación más fiel del socialismo. Por la presente carta quiero demostrarle a usted, estimado señor mío, que lejos de tener razón tales acusaciones son firme e indudablemente ciertas.

Esta mañana en la estación se me ha acercado un individuo para preguntarme sobre el destino de un tren determinado. Encontrándome donde me encontraba la pregunta no me pareció improcedente aunque, a todas luces, estaba fuera de lugar. El sujeto en cuestión era un animal con apariencia de hombre, uno de tantos especímenes que por tener brazos y piernas creen poseer la capacidad de argumentar en su favor. Aquel chico -pues era un ejemplar joven de lo que fuera- calzaba dos orejas de tamaño considerable y varios dientes que destacaban por su ausencia. La piel quemada de su rostro y la endurecida costra de sus manos delataban un origen tan pegado a la tierra que me resultó muy complicado adivinar dónde acababa él y dónde empezaba ella. El chico, tras escuchar mis indicaciones, me contó que venía de recoger naranjas y comprenderá, señor, que no le cuestionase el testimonio. Naranjas salustianas, para más señas, que, según dijo, crecen a gran altura y dificultan su recolección.

Tuve la gentileza de dirigirme a él en su propio idioma bárbaro y, a pesar de mi escaso dominio del mismo, he de participarle de la elegancia de mis frecuentes vacilaciones frente a la rudeza natural de su verborrea. Entenderá, señor, los impagables esfuerzos que personas como yo realizamos en busca del normativo uso de una lengua que, por no tener normativa, se permite el lujo de aplicarse tantas. Al principio, su conversación poseía una frescura singular, lógica en estas tierras donde tanto abunda lo que no merece ser escrito. Sin embargo, esa frescura degeneró muy pronto en un folklorismo redundante con el que me quiso alabar las virtudes de una querida amiga suya que, fundamentalmente, consistían en no salir de casa y en no tener amigas con las que coversar. Comprenderá usted que me quedara rendido ante tan admirable ejemplar de mujer y no quisiera saber más de ella.

Suyo,

R.

lunes, 22 de agosto de 2011

7. La compra

En la cola del supermercado, si la diferencia de compra es muy evidente, suelen cederle el sitio a la persona que menos lleva. La proporción para este buen gesto se produzca puede ser de cinco a uno, aproximadamente, de ahí mi extrañeza cuando un hombre que llevaba en su cesta prácticamente la misma cantidad de productos que yo en la mía me invitó a pasar adelante. Este hombre estaría por los cuarenta, iba sin afeitar, repeinado pero mal peinado y llevaba una ropa demasiado grande para su pequeña estatura, todavía más empequeñecida por la exagerada curva que describía su cuerpo. Los ojos los tenía llorosos, profundísimos, y su mirada, que estaba fija en una de las paredes, permaneció sobre ella cuando se dirigió a mí.

-Pasa delante –dijo, apartándose.

-No hace falta. No tengo prisa.

-Menos prisa tengo yo. Vengo ahora de almorzar...

-No importa. Por dos minutos no nos vamos a morir.

Su insistencia era extraña, tanto como olor y como su mirada, todavía fija en la pared pero cada vez más endurecida conforme hablaba. Se le veía nervioso. Después de mi última contestación se acercó a una de las estanterías cercanas a la caja y buscó entre los caramelos algo que no podía ser más que tiempo: tiempo para encontrar otra frase, tiempo para que yo me adelantara, tiempo, en fin, para hacer tiempo. Pero la espera no tuvo sus frutos.

-Pues pasaré yo -dijo, finalmente, y levantó la cesta hasta dejarla sobre la cinta transportadora.

A continuación empezó a sacar poco a poco su compra: un paquete de leche, una bandeja de carne, queso rallado, botellas de gaseosa, un pack de estropajos... Quedaban todavía unos cuantos productos dentro de la cesta cuando, temblando, la dejó sobre la cinta transportadora y se fue a la otra parte de la caja. La dependienta sacó el resto de la compra y fue entonces cuando entendí toda la escena: su temor, su nerviosismo, su mirada esquiva y llorosa. En el interior de la cesta quedaban, junto a una inocente barra de pan, dos botellas de whisky, otras dos de ginebra y una garrafa de diez litros de vino. Me fui a mirar los caramelos.