lunes, 29 de agosto de 2011

9. Una amistad pasada

A. lo tuvo claro desde muy pronto. Cuando tenía doce años mi padre le preguntó si quería hacerse cura –por aquél entonces los dos éramos monaguillos- y él, sin pensárselo apenas, respondió que no, añadiendo por cuenta propia una simple pero sólida razón a su negativa: “Yo es que quiero casarme”. Y se casó. Es más: hasta donde sé, lo ha hecho dos veces... Circunstancia que viene a demostrar, por una parte, que nada mejor para cumplir los objetivos que aspirar a ellos y, por otra, que no conviene descuidar ninguna matización. Pero entonces los dos teníamos doce años y éramos monaguillos. Y amigos.

Los fines de semana jugábamos a tenis en el polideportivo municipal. A. tenía la costumbre de radiar nuestros partidos en directo, a media voz o tres cuartos, para sí mismo pero sin recurrir a susurros por no restarle emoción al choque. Con voz latosa primero daba la bienvenida a los telespectadores “desde la pista central” –y tan central, porque sólo había una- y después ofrecía su opinión periodística sobre cada punto, juego, set y partido. Por las tardes, después del colegio, solía ir a su casa y jugábamos horas y horas a videojuegos. Le habían puesto un televisor en su cuarto y, por si no fuera suficiente este dato de independencia personal –tan admirado por mí-, dicho televisor tenía la arriesgada forma de un casco de moto.

A. era, efectivamente, un hombre libre. Empezó a fumar, a comprar revistas para adultos y a salir con chicas a una edad en la que yo incluso desconocía las tentaciones correspondientes. A él, en cambio, le guiaba su precoz inclinación a la vida conyugal y con la mirada fija en ese faro inconmovible parecía capaz de eludir, uno a uno, todos los escollos referentes a sus años, estado y situación de pre-adolescente. A él pudieron deberse las primeras grandes decisiones de mi vida –la de elegir, por ejemplo, entre su nuevo grupo de amigos y el antiguo con el que acababan de rivalizar- pero aquel lenguaje de hechos consumados no era el mío y tuvieron que pasar bastantes años para que empezara a serlo.

Quizá no deja de ser una fábula o, al menos, una imagen que mi memoria ha adoptado como alegoría de lo que acabó siendo, pero creo que mi amistad con A. empezó a resentirse desde que le compraron el perro. Era un pastor alemán enorme, fiero y sanguinario como no lo he vuelto a ver. Cada vez que entraba en su casa al menos dos de los miembros de la familia tenían que sujetarlo para que no se abalanzase sobre mí y me descuartizase, según las intenciones que se podían adivinar por sus ladridos y por su enconadísima resistencia a la autoridad y a la razón humanas. Desde entonces, nunca más me sentí bienvenido en aquella casa y al poco tiempo un asunto menor me distanció definitivamente de ella.

Fue por una bicicleta. A los quince o dieciséis años. Se la pedí prestada a A. para ir con mi hermano a hacer una pequeña excursión por la montaña y ocurrió la desgracia de que se rompiera una rueda y se desviase el manillar. La caída fue tremenda. Mi hermano, que fue el accidentado, le ofreció a A. la suya de carretera temporalmente y aquel mismo día llevó a reparar la averiada. Nada, pues, se nos podía achacar salvo el infortunio. A. no lo vio así. O, al menos, no lo vio así su familia y él no intervino para desengañarles. Aquella tarde recibí una llamada de su madre y, pese a todas mis disculpas y a todos los propósitos de enmienda de mi hermano, la mujer vino a decirme que mi amistad con A. se había terminado desde aquel mismo instante y que ya no volviese a poner el pie en su casa. Y no volví a ponerlo. A. siguió su camino y yo el mío. Caminos muy distintos salvo algunos encuentros, azarosos y puntuales, en los que siempre nos hemos dicho lo mismo: que si todavía juegas al tenis y que a ver si quedamos un día de estos. Ahora ya sólo compartimos el lenguaje.

miércoles, 24 de agosto de 2011

8. Carta a un aristócrata

Estimado Señor:

Como usted sabrá yo nací en tierra de bárbaros, hijo de una raza cuya principal peculiaridad ha consistido -casi desde su irrupción en el mundo- en no haber inventado nada bueno ni dejado cosa mala por inventar. A pesar de su escasa aportación al progreso humano, es digno de admirar, sin embargo, el enorme y continuado aprecio que este pueblo ha sentido por las artes, un aprecio que le ha llevado, en no pocas ocasiones, hasta el extremo de querer destruirlas por completo. No en vano, la nuestra es la cultura de la pólvora.

A menudo se me ha reprochado mi piel clara, la delicadeza de mis manos y el tiempo que, dedicado al ocio, me ha conferido tal piel y tales manos. Se me ha tachado de holgazán, de vividor, de aristócrata... E incluso hay quien, rayando lo intolerable, ha dicho ver en mí la manifestación más fiel del socialismo. Por la presente carta quiero demostrarle a usted, estimado señor mío, que lejos de tener razón tales acusaciones son firme e indudablemente ciertas.

Esta mañana en la estación se me ha acercado un individuo para preguntarme sobre el destino de un tren determinado. Encontrándome donde me encontraba la pregunta no me pareció improcedente aunque, a todas luces, estaba fuera de lugar. El sujeto en cuestión era un animal con apariencia de hombre, uno de tantos especímenes que por tener brazos y piernas creen poseer la capacidad de argumentar en su favor. Aquel chico -pues era un ejemplar joven de lo que fuera- calzaba dos orejas de tamaño considerable y varios dientes que destacaban por su ausencia. La piel quemada de su rostro y la endurecida costra de sus manos delataban un origen tan pegado a la tierra que me resultó muy complicado adivinar dónde acababa él y dónde empezaba ella. El chico, tras escuchar mis indicaciones, me contó que venía de recoger naranjas y comprenderá, señor, que no le cuestionase el testimonio. Naranjas salustianas, para más señas, que, según dijo, crecen a gran altura y dificultan su recolección.

Tuve la gentileza de dirigirme a él en su propio idioma bárbaro y, a pesar de mi escaso dominio del mismo, he de participarle de la elegancia de mis frecuentes vacilaciones frente a la rudeza natural de su verborrea. Entenderá, señor, los impagables esfuerzos que personas como yo realizamos en busca del normativo uso de una lengua que, por no tener normativa, se permite el lujo de aplicarse tantas. Al principio, su conversación poseía una frescura singular, lógica en estas tierras donde tanto abunda lo que no merece ser escrito. Sin embargo, esa frescura degeneró muy pronto en un folklorismo redundante con el que me quiso alabar las virtudes de una querida amiga suya que, fundamentalmente, consistían en no salir de casa y en no tener amigas con las que coversar. Comprenderá usted que me quedara rendido ante tan admirable ejemplar de mujer y no quisiera saber más de ella.

Suyo,

R.

lunes, 22 de agosto de 2011

7. La compra

En la cola del supermercado, si la diferencia de compra es muy evidente, suelen cederle el sitio a la persona que menos lleva. La proporción para este buen gesto se produzca puede ser de cinco a uno, aproximadamente, de ahí mi extrañeza cuando un hombre que llevaba en su cesta prácticamente la misma cantidad de productos que yo en la mía me invitó a pasar adelante. Este hombre estaría por los cuarenta, iba sin afeitar, repeinado pero mal peinado y llevaba una ropa demasiado grande para su pequeña estatura, todavía más empequeñecida por la exagerada curva que describía su cuerpo. Los ojos los tenía llorosos, profundísimos, y su mirada, que estaba fija en una de las paredes, permaneció sobre ella cuando se dirigió a mí.

-Pasa delante –dijo, apartándose.

-No hace falta. No tengo prisa.

-Menos prisa tengo yo. Vengo ahora de almorzar...

-No importa. Por dos minutos no nos vamos a morir.

Su insistencia era extraña, tanto como olor y como su mirada, todavía fija en la pared pero cada vez más endurecida conforme hablaba. Se le veía nervioso. Después de mi última contestación se acercó a una de las estanterías cercanas a la caja y buscó entre los caramelos algo que no podía ser más que tiempo: tiempo para encontrar otra frase, tiempo para que yo me adelantara, tiempo, en fin, para hacer tiempo. Pero la espera no tuvo sus frutos.

-Pues pasaré yo -dijo, finalmente, y levantó la cesta hasta dejarla sobre la cinta transportadora.

A continuación empezó a sacar poco a poco su compra: un paquete de leche, una bandeja de carne, queso rallado, botellas de gaseosa, un pack de estropajos... Quedaban todavía unos cuantos productos dentro de la cesta cuando, temblando, la dejó sobre la cinta transportadora y se fue a la otra parte de la caja. La dependienta sacó el resto de la compra y fue entonces cuando entendí toda la escena: su temor, su nerviosismo, su mirada esquiva y llorosa. En el interior de la cesta quedaban, junto a una inocente barra de pan, dos botellas de whisky, otras dos de ginebra y una garrafa de diez litros de vino. Me fui a mirar los caramelos.

miércoles, 10 de agosto de 2011

6. La chispa del fuego

Cuando le he preguntado a mi madre cómo se le declaró mi padre (primero para novio y luego para marido) su respuesta ha tenido la insólita y, en este caso, decepcionante capacidad de dejar sin sentido mi pregunta: "Simplemente lo hablamos", me ha dicho, anulando así el cómo debido a que, según ella, jamás existió declaración.

-¿Y dónde lo hablasteis? -le he preguntado luego.
-En ningún sitio. No sé... Paseando.

Tampoco hubo dónde.

Se podría decir, atendiendo a estos datos, que mis padres empezaron a ser novios porque eran amigos y lo de ser novios fue la única razón por la que se casaron. "Simplemente". Una línea continua, una evolución sin hitos, sin discontinuidades ni interrupciones. Todo perfectamente natural. Todo imperfectamente humano, como una historia sin batallas o una batalla sin muertos.

Cuando ha llegado mi padre le he hecho la misma pregunta y su reacción, al contrario que la de mi madre, ha sido asombrosa: ha sonreído, se ha pasado una mano por la calva y me ha contestado, mirando humilladamente hacia el suelo, que aún le daba vergüenza recordar aquel momento y que, si acaso, me lo contaría cuando se pasara con el vino. Luego, hablando más para sí mismo que para el resto de los que le escuchaban, ha murmurado algo sobre cinco vueltas alrededor de una manzana antes de decidirse y sobre cierto papel que alguien le ayudó a escribir. Mi madre le ha mirado entonces extrañada, interrogante, como si aquella fuera la primera noticia que hubiera recibido sobre el asunto. Ignorante de todo, su primer impulso ha sido el de negar los hechos: "Eso te lo acabas de inventar".

La mejor improvisación, dicen, es aquella que más se prepara. El objetivo del arte -si es que de verdad pretende serlo- pasa por disfrazar de naturalidad lo que ha sido premeditado y que el público, en consecuencia, intuya la chispa del genio en el lugar donde se acumulan, pudorosamente, las pesadas horas de trabajo. A falta pues de más indagaciones sobre el caso, el debate no puede plantearse más atractivo: mientras que para mi madre no existieron decisiones puntuales en su vida sentimental para mi padre no sólo existieron sino que, además, resultaron traumáticas. Mi única opción es la de seguir investigando porque, natural o artificialmente, la vida me fue en ello.

5. Por si viene alguien

El piso de abuela es el más feudal de cuantos conozco. Baste decir que tiene una zona para siervos con una habitación, un baño y una terraza aún más desagradables a la vista que sus correspondientes barrocos en la zona noble. Los techos encumbrados de ésta contrastan con las covachuelas bajas de aquélla, el mármol de los sinfonieres con el empapelado de los estantes, la cerámica del inodoro con el plástico reciclable... El conjunto, todo él desconjuntado, ofrece la impresión de poder revivir en todos sus detalles una novela galdosiana, con el vacío engasado de los grandes y el desbordamiento carnal de los humildes, con los secretos hasta la tumba y los cortejos de salón. El principal error del piso de mi abuela es que, a falta de siervas y de nobles que lo pueblen, los espacios intermedios generan una triste y prosaica impresión de castidad.

Otro de sus pegas es que aquí la expresión "Por si viene alguien" justifica todo tipo de excesos y atropellos. No me refiero a pisadas de barro en el suelo del pasillo, a incendios incontrolados en la cocina o a monos salvajes y hambrientos campando a sus anchas por las habitaciones. No. Se trata de algo mucho más doloroso. Se trata, por ejemplo, de no poder dejar la cama a medio hacer después de la siesta. O de tener vetado el acceso a la vajilla o a los manteles buenos. O de respetar obligatoriamente -como si de una vaca sagrada se tratase- el último bote de refresco que queda en la nevera. Por si viene alguien.

Hasta el día de hoy no he conocido ni conozco a ese alguien. Me imagino a ese hombre con camisa impecable, con bigote decimonónico, la americana colgada del brazo y la mala costumbre de importunar la paz familiar de entre horas. Me lo imagino, además, con un mohín de desconfianza no del todo camuflado en el rostro, con una mirada permanentemente alerta para detectar inconformidades y una voz irritante que combinaría cortesías banales con censuras y desprecios variados:

-¡Me parece intolerable esa cama a medio hacer!

Apuntaría.

-¡Este mantel está raído y pasado de moda!

Protestaría.

-¿Cómo es posible que no me sirvan un refresco?

Estallaría.

Y entonces movería la cabeza como si en esta familia nos hubiésemos echado a perder. Se repasaría entonces con un dedo el bigote engominado, se encasquetaría su americana recién planchada y saldría dignamente por la puerta con la intención de contarle al primero que encontrase que aquí vivimos como en una tribu de incivilizados. Y lo peor de todo es que tendría toda la autoridad para decirlo. Él, que al parecer se merece nuestras buenas maneras y nuestras mejores cosas más que nosotros mismos.

martes, 9 de agosto de 2011

4. Los Jardines de Monforte

Mi gran historia de amor, que hoy llevo conmigo junto al resto de mis pertenencias, tuvo su punto culminante muy lejos de estas cercanías. Ocurrió, exactamente, en el fondo de una papelera de colegio, entre chicles, mocos, restos de lápices y hojas de libreta. Fue hace mucho. La adolescencia trataba de asentarse definitivamente en mi cuerpo después de los traumatismos iniciales en forma de granos, picores, crisis existenciales, más granos y algo de estupidez. Mi cerebro, para unirse a la fiesta de un modo conveniente, producía al por mayor conceptos tales como alma, crepúsculo, eterno, ángel o universo, mezclándolos continuamente unos con otros, componiendo aberraciones sin fin.

Antiguamente era costumbre que las mujeres entregaran a sus enamorados ciertos obsequios, o “prendas”, como símbolo de su predisposición. No sé cuándo se perdió esta interesante burocracia de lo sentimental pero yo, incapaz de ganarme una prenda suya, lo que hice fue buscarme una en aquella papelera tras finalizar una clase de dibujo. La Amada, el ángel supremo de mi universo, había dejado caer allí una creación reciente de su arte y yo, no sé si indignado por aquel desprecio o exultante por aquel regalo, se lo arrebaté disimuladamente al dominio de las mucosidades. ¡Oh musas! ¡Oh veleidad de la fortuna! Tras desarrugar el papel y limpiarlo de inmundicias, apareció ante mí un paisaje inmortal surgido de la no menos inmortal alma de mi primer amor.

¿Qué maestrías no vi yo en aquel dibujo? El tembloroso pulso de la artista era, sin duda, una muestra premeditada de su pasión, los monigotes inconexos se tornaban ante mí figuras majestuosas y la fuentecilla que dominaba la composición yo la tomé, ay, por un pequeño arbolillo alegórico de nuestro futuro amor. ¿Merecía aquella obra eterna compartir espacio con los despojos del mundo? La alojé, pues, en mi carpeta y, día tras día, noche tras noche, pretendí descifrar en sus trazos el huidizo lenguaje de la providencia. Tanto llegué a contemplar aquellas formas, tanto y tan intensamente las adoré, que ya no hubo otro escenario más que aquél para las escenas de mis sueños.

Unos meses más tarde un compañero de clase, reconvertido por unos momentos en agente de la providencia, me reveló que aquel paisaje, que aquel escenario que yo creí fruto de la más pura imaginación correspondía, en realidad, a un lugar auténtico llamado Jardines de Monforte. ¡Qué arrobamiento entonces el de mi ser! Después de horas y horas de idílico vagabundeo por aquel Edén trazado a lápiz descubrí que ya no sólo mi mente -¡que ya no sólo mi alma!- sino también mi cuerpo podía alcanzar aquel lugar y vencer aquella cima. Conocida la meta atravesaría kilómetros, regiones, provincias enteras en peregrinaje a aquellos Jardines por mí desconocidos. Me perdería clases, dormiría en hoteles y, de hacer falta, mendigaría con tal de hacer realidad aquella fantasía que ya no era tal sino sueño palpable y profecía materializada. Sin embargo, no necesité en absoluto realizar semejantes demostraciones de amor pues aquel Paraíso, aquella región intacta y virgen para mí, estaba al lado del colegio, nada más cruzar la carretera, tras unos muros amarillentos que jamás sospeché que pudiesen contener el infinito. Al día siguiente de la revelación, con paso solemne, cara extasiada y música de timbales en mi pecho, me dirigí al encuentro de mi rincón soñado.

La puerta estaba abierta de par en par, sin santos ni demonios que la custodiasen. Al penetrar allí y reconocer los arbustos, los arcos y las columnas, las figuras de piedra y la pequeña fuente del dibujo -mi arbolillo alegórico transformado- no se me ocurrió mejor homenaje a la Poesía que volver a pintarlo todo y repetir así el acto por el cual mi primer amor había concebido y engendrado el paisaje de mi felicidad. Conservo ambos dibujos en una carpeta. El papel se cuartea allí dentro, las líneas se desvanecen sin remisión y la eternidad, sumida en su crepúsculo, entona ya al firmamento su último recurso estilístico.

lunes, 8 de agosto de 2011

3. El parvulito

Es el recuerdo más antiguo que poseo y resulta inexplicable que haya resistido tanto tiempo a tantos otros recuerdos, como un fósil milenario que se niega a desaparecer bajo las corrosivas arenas del olvido. Era 1983, yo tenía tres años y estaba en la guardería. Entre las actividades con que nos entretenían los cuidadores sobresalía una función de marionetas que, al parecer, a mí me encantaba y que, al parecer, provocaba que se me hiciera larguísimo el volver a encontrarme con aquellos amigos de madera y trapo que vivían en el piso superior y que sólo se dejaban ver a ciertas horas del día.

Una mañana, haciendo uso de mi libertad recién adquirida, decidí saltarme el horario, adelantarme a los acontecimientos e ir a visitar aquel mundo de fantasía por cuenta propia. El aventurero que fui, armado quizá de chupete y Dodotis, subió escalones, atravesó pasillos y abrió puertas, no menos valiente a sus tres años en una guardería que David Livingstone a los cuarenta y cinco atravesando el río Zambeze. Quería ver las marionetas a toda costa, quería que me hablaran -que me hablaran sólo a mí-, que me divirtieran con sus historias, que me hicieran reír con sus gestos, que me abriesen sus diminutos corazones para poder entrar yo en ellos en busca del hogar arrebatado.

Tras no sé cuántas penalidades logré alcanzar el piso superior, mi objetivo último, mi Lago Tanganica personal. Había allí un cuarto de baño y, al fondo, en una silla junto a la bañera, el escenario de las marionetas, con su estructura de cartón y su telón de fibra, un objeto al que mi arriesgada expedición, violando todo tipo de intimidades, había convertido en una obra inútil, incapaz ya de separar mundos a su antojo. Sorteado, pues, el umbral de la fantasía, atravesadas las misteriosas sendas de lo inefable y cuando ya creía estar divisando los fulgores máximos del universo paralelo, lo que ocurrió fue que me di de bruces con la cruda realidad: en el fondo de la bañera, frías, calladas e inmóviles, yacían, sin vida, las marionetas.

Aquel duro golpe de vista hizo que el muro de mi inocencia se viniera abajo, desmoronándose, quebrándose bajo mis pies como un castillo de arena recién conquistado. No sé si conseguí aprender algo con aquella experiencia. No sé si ignorante creí descubrir la muerte o si, lúcido, la desterré. De lo que sí estoy seguro es de que aquella mañana hubo un llanto en la guardería que resonó con mucha más fuerza que el resto, multiplicado por las duras paredes de una bañera infame, sepulcro improvisado e inevitable de mi primera infancia.

2. Pepita

Sólo la llamo abuela ante los demás, cuando el pudor conviene.

Su padre era constructor y capataz. Rico de la época, o sea, que tampoco demasiado. Según cuentan, hizo algunas de las mejores casas del pueblo. Actualmente la mayoría están vacías, abandonadas, quizá por ser demasiado grandes y las familias de hoy demasiado pequeñas. El abuelo Salvador, mi bisabuelo, consiguió reunir suficiente dinero para que ni su mujer ni sus hijos pasaran hambre durante los peores años. Miedo sí pasaron. Y mucho. Los milicianos llamaron varias veces a la puerta de casa para matar al hombre rico. Él se escondía en el armario y los demás, reprimiendo el grito, juraban que se había marchado y que no sabían ni dónde estaba ni cuándo volvería. Según cuentan, sus trabajadores fueron los que consiguieron salvarle del asesinato... Pero no de la ruina ni de la desgracia. Se murió muy joven y el resto de la familia se fue a la capital para poder seguir viviendo sin pasar hambre. Después regresaron al pueblo, a la misma casa y con la misma memoria.

Mi abuela empezó a salir con mi abuelo a los 13 años y se casó a los 25. Hasta entonces jamás le dio un beso y, por no dar, ni siquiera la mano porque a saber qué dirían los del pueblo. Mi abuela era muy guapa. En los bailes se la rifaban los hombres, incluso a sabiendas de que no tendrían premio. Ella siempre ha tenido muy claros sus orígenes de niña rica y ha tratado de ser fiel a ellos, sobre todo en la pobreza. Siempre le han gustado Viena, los valses, Sisí Emperatriz, Grace Kelly y no dar que hablar a nadie. Mi abuelo tuvo que acomodarse y su anécdota más famosa da cuenta de que no fue fácil. Un día les invitaron a una merienda en el campo y él, con toda su buena fe, se ofreció para llevar el fiambre. Cuando llegaron allí y se lo pidieron a mi abuela casi se le abre la tierra al ver que, delante de todos, mi abuelo hacía aparecer unas lonchas de jamón y unos trozos de queso del fondo de sus bolsillos. Nunca le perdonó aquel escarnio social aunque estoy seguro de que hizo por enmendarse.

Tampoco le ha perdonado que se muriera, tan joven. Se fue una noche como otra cualquiera, a finales de noviembre, sin previo aviso y, según los análisis, completamente sano. Fumaba, eso sí, a escondidas y casi siempre después de cenar con la excusa de comprar helados para los niños. Para nosotros. Mi abuela le ha echado la culpa de su muerte a Dios y a aquellos cigarros, aunque el orden ha ido variando con el tiempo. Ahora, reconciliada con la religión pero sin apenas rastro de mansedumbre, se considera con pleno derecho a exigirle a la divinidad cualquier tipo de reparación física, fundamentalmente la de sus piernas maltrechas y la de su vejez, según la justicia humana.

1. El piscicidio

Cuando alguien entra en un tren y observa que el tren está lleno de gente y, atosigado por las mochilas y las maletas que lleva encima, ese alguien busca un asiento libre mientras tropieza a cada rato con las mochilas y las maletas de los demás viajeros, y finalmente encuentra uno y se dispone a sentarse en él, lo que menos espera es que en el suelo, a los pies de ese asiento vacío, haya un vaso repleto de agua y que ese vaso repleto de agua contenga dos pececitos de color naranja. Como no podía esperar lo del vaso y mucho menos lo de los pececitos, lo normal es que ese alguien tropiece con ese vaso y que ese vaso vuelque, que se derrame toda el agua de su interior y que junto al agua se viertan sobre el suelo los dos pececitos de color naranja. Lo normal entonces es que los pececitos comiencen a pegar saltos desesperados, que se ahoguen en el aire que les mata y que la dueña de los pececitos empiece a gritar como una loca. Lo normal entonces es que el responsable de la caída del vaso, del ahogo de los pececitos y del grito alocado de la dueña, recoja rápidamente el vaso caído del suelo, que vuelva a meter allí a los dos pececitos moribundos y que, dejando mochilas y maletas sobre el asiento, salga disparado hacia los lavabos del tren con el vaso en la mano. Lo normal entonces es que la dueña de los pececitos le siga sofocada, que pregunte a voz en grito si alguien tiene una botella de agua, que nadie la tenga, y que el responsable de toda la tragedia encuentre la puerta del aseo cerrada porque en ese momento alguien lo está utilizando. Lo normal entonces es que cunda el pánico entre los vertebrados terrestres y el horror entre los vertebrados acuáticos, que tiemblen los unos y tengan espasmos los otros, que vivan los primeros y mueran los segundos... Eso es lo normal, y eso es lo que habría ocurrido con bastante seguridad si yo hubiese golpeado con un poco más de fuerza el vaso irresponsablemente situado a los pies del asiento vacío y que, gracias a Dios, sólo perdió un poco de agua para alivio y supervivencia de todos los presentes.