Mi gran historia de amor, que hoy llevo conmigo junto al resto de mis pertenencias, tuvo su punto culminante muy lejos de estas cercanías. Ocurrió, exactamente, en el fondo de una papelera de colegio, entre chicles, mocos, restos de lápices y hojas de libreta. Fue hace mucho. La adolescencia trataba de asentarse definitivamente en mi cuerpo después de los traumatismos iniciales en forma de granos, picores, crisis existenciales, más granos y algo de estupidez. Mi cerebro, para unirse a la fiesta de un modo conveniente, producía al por mayor conceptos tales como alma, crepúsculo, eterno, ángel o universo, mezclándolos continuamente unos con otros, componiendo aberraciones sin fin.
Antiguamente era costumbre que las mujeres entregaran a sus enamorados ciertos obsequios, o “prendas”, como símbolo de su predisposición. No sé cuándo se perdió esta interesante burocracia de lo sentimental pero yo, incapaz de ganarme una prenda suya, lo que hice fue buscarme una en aquella papelera tras finalizar una clase de dibujo. La Amada, el ángel supremo de mi universo, había dejado caer allí una creación reciente de su arte y yo, no sé si indignado por aquel desprecio o exultante por aquel regalo, se lo arrebaté disimuladamente al dominio de las mucosidades. ¡Oh musas! ¡Oh veleidad de la fortuna! Tras desarrugar el papel y limpiarlo de inmundicias, apareció ante mí un paisaje inmortal surgido de la no menos inmortal alma de mi primer amor.
¿Qué maestrías no vi yo en aquel dibujo? El tembloroso pulso de la artista era, sin duda, una muestra premeditada de su pasión, los monigotes inconexos se tornaban ante mí figuras majestuosas y la fuentecilla que dominaba la composición yo la tomé, ay, por un pequeño arbolillo alegórico de nuestro futuro amor. ¿Merecía aquella obra eterna compartir espacio con los despojos del mundo? La alojé, pues, en mi carpeta y, día tras día, noche tras noche, pretendí descifrar en sus trazos el huidizo lenguaje de la providencia. Tanto llegué a contemplar aquellas formas, tanto y tan intensamente las adoré, que ya no hubo otro escenario más que aquél para las escenas de mis sueños.
Unos meses más tarde un compañero de clase, reconvertido por unos momentos en agente de la providencia, me reveló que aquel paisaje, que aquel escenario que yo creí fruto de la más pura imaginación correspondía, en realidad, a un lugar auténtico llamado Jardines de Monforte. ¡Qué arrobamiento entonces el de mi ser! Después de horas y horas de idílico vagabundeo por aquel Edén trazado a lápiz descubrí que ya no sólo mi mente -¡que ya no sólo mi alma!- sino también mi cuerpo podía alcanzar aquel lugar y vencer aquella cima. Conocida la meta atravesaría kilómetros, regiones, provincias enteras en peregrinaje a aquellos Jardines por mí desconocidos. Me perdería clases, dormiría en hoteles y, de hacer falta, mendigaría con tal de hacer realidad aquella fantasía que ya no era tal sino sueño palpable y profecía materializada. Sin embargo, no necesité en absoluto realizar semejantes demostraciones de amor pues aquel Paraíso, aquella región intacta y virgen para mí, estaba al lado del colegio, nada más cruzar la carretera, tras unos muros amarillentos que jamás sospeché que pudiesen contener el infinito. Al día siguiente de la revelación, con paso solemne, cara extasiada y música de timbales en mi pecho, me dirigí al encuentro de mi rincón soñado.
La puerta estaba abierta de par en par, sin santos ni demonios que la custodiasen. Al penetrar allí y reconocer los arbustos, los arcos y las columnas, las figuras de piedra y la pequeña fuente del dibujo -mi arbolillo alegórico transformado- no se me ocurrió mejor homenaje a la Poesía que volver a pintarlo todo y repetir así el acto por el cual mi primer amor había concebido y engendrado el paisaje de mi felicidad. Conservo ambos dibujos en una carpeta. El papel se cuartea allí dentro, las líneas se desvanecen sin remisión y la eternidad, sumida en su crepúsculo, entona ya al firmamento su último recurso estilístico.
Antiguamente era costumbre que las mujeres entregaran a sus enamorados ciertos obsequios, o “prendas”, como símbolo de su predisposición. No sé cuándo se perdió esta interesante burocracia de lo sentimental pero yo, incapaz de ganarme una prenda suya, lo que hice fue buscarme una en aquella papelera tras finalizar una clase de dibujo. La Amada, el ángel supremo de mi universo, había dejado caer allí una creación reciente de su arte y yo, no sé si indignado por aquel desprecio o exultante por aquel regalo, se lo arrebaté disimuladamente al dominio de las mucosidades. ¡Oh musas! ¡Oh veleidad de la fortuna! Tras desarrugar el papel y limpiarlo de inmundicias, apareció ante mí un paisaje inmortal surgido de la no menos inmortal alma de mi primer amor.
¿Qué maestrías no vi yo en aquel dibujo? El tembloroso pulso de la artista era, sin duda, una muestra premeditada de su pasión, los monigotes inconexos se tornaban ante mí figuras majestuosas y la fuentecilla que dominaba la composición yo la tomé, ay, por un pequeño arbolillo alegórico de nuestro futuro amor. ¿Merecía aquella obra eterna compartir espacio con los despojos del mundo? La alojé, pues, en mi carpeta y, día tras día, noche tras noche, pretendí descifrar en sus trazos el huidizo lenguaje de la providencia. Tanto llegué a contemplar aquellas formas, tanto y tan intensamente las adoré, que ya no hubo otro escenario más que aquél para las escenas de mis sueños.
Unos meses más tarde un compañero de clase, reconvertido por unos momentos en agente de la providencia, me reveló que aquel paisaje, que aquel escenario que yo creí fruto de la más pura imaginación correspondía, en realidad, a un lugar auténtico llamado Jardines de Monforte. ¡Qué arrobamiento entonces el de mi ser! Después de horas y horas de idílico vagabundeo por aquel Edén trazado a lápiz descubrí que ya no sólo mi mente -¡que ya no sólo mi alma!- sino también mi cuerpo podía alcanzar aquel lugar y vencer aquella cima. Conocida la meta atravesaría kilómetros, regiones, provincias enteras en peregrinaje a aquellos Jardines por mí desconocidos. Me perdería clases, dormiría en hoteles y, de hacer falta, mendigaría con tal de hacer realidad aquella fantasía que ya no era tal sino sueño palpable y profecía materializada. Sin embargo, no necesité en absoluto realizar semejantes demostraciones de amor pues aquel Paraíso, aquella región intacta y virgen para mí, estaba al lado del colegio, nada más cruzar la carretera, tras unos muros amarillentos que jamás sospeché que pudiesen contener el infinito. Al día siguiente de la revelación, con paso solemne, cara extasiada y música de timbales en mi pecho, me dirigí al encuentro de mi rincón soñado.
La puerta estaba abierta de par en par, sin santos ni demonios que la custodiasen. Al penetrar allí y reconocer los arbustos, los arcos y las columnas, las figuras de piedra y la pequeña fuente del dibujo -mi arbolillo alegórico transformado- no se me ocurrió mejor homenaje a la Poesía que volver a pintarlo todo y repetir así el acto por el cual mi primer amor había concebido y engendrado el paisaje de mi felicidad. Conservo ambos dibujos en una carpeta. El papel se cuartea allí dentro, las líneas se desvanecen sin remisión y la eternidad, sumida en su crepúsculo, entona ya al firmamento su último recurso estilístico.
No hay comentarios:
Publicar un comentario