El piso de abuela es el más feudal de cuantos conozco. Baste decir que tiene una zona para siervos con una habitación, un baño y una terraza aún más desagradables a la vista que sus correspondientes barrocos en la zona noble. Los techos encumbrados de ésta contrastan con las covachuelas bajas de aquélla, el mármol de los sinfonieres con el empapelado de los estantes, la cerámica del inodoro con el plástico reciclable... El conjunto, todo él desconjuntado, ofrece la impresión de poder revivir en todos sus detalles una novela galdosiana, con el vacío engasado de los grandes y el desbordamiento carnal de los humildes, con los secretos hasta la tumba y los cortejos de salón. El principal error del piso de mi abuela es que, a falta de siervas y de nobles que lo pueblen, los espacios intermedios generan una triste y prosaica impresión de castidad.
Otro de sus pegas es que aquí la expresión "Por si viene alguien" justifica todo tipo de excesos y atropellos. No me refiero a pisadas de barro en el suelo del pasillo, a incendios incontrolados en la cocina o a monos salvajes y hambrientos campando a sus anchas por las habitaciones. No. Se trata de algo mucho más doloroso. Se trata, por ejemplo, de no poder dejar la cama a medio hacer después de la siesta. O de tener vetado el acceso a la vajilla o a los manteles buenos. O de respetar obligatoriamente -como si de una vaca sagrada se tratase- el último bote de refresco que queda en la nevera. Por si viene alguien.
Hasta el día de hoy no he conocido ni conozco a ese alguien. Me imagino a ese hombre con camisa impecable, con bigote decimonónico, la americana colgada del brazo y la mala costumbre de importunar la paz familiar de entre horas. Me lo imagino, además, con un mohín de desconfianza no del todo camuflado en el rostro, con una mirada permanentemente alerta para detectar inconformidades y una voz irritante que combinaría cortesías banales con censuras y desprecios variados:
-¡Me parece intolerable esa cama a medio hacer!
Apuntaría.
-¡Este mantel está raído y pasado de moda!
Protestaría.
-¿Cómo es posible que no me sirvan un refresco?
Estallaría.
Y entonces movería la cabeza como si en esta familia nos hubiésemos echado a perder. Se repasaría entonces con un dedo el bigote engominado, se encasquetaría su americana recién planchada y saldría dignamente por la puerta con la intención de contarle al primero que encontrase que aquí vivimos como en una tribu de incivilizados. Y lo peor de todo es que tendría toda la autoridad para decirlo. Él, que al parecer se merece nuestras buenas maneras y nuestras mejores cosas más que nosotros mismos.
Otro de sus pegas es que aquí la expresión "Por si viene alguien" justifica todo tipo de excesos y atropellos. No me refiero a pisadas de barro en el suelo del pasillo, a incendios incontrolados en la cocina o a monos salvajes y hambrientos campando a sus anchas por las habitaciones. No. Se trata de algo mucho más doloroso. Se trata, por ejemplo, de no poder dejar la cama a medio hacer después de la siesta. O de tener vetado el acceso a la vajilla o a los manteles buenos. O de respetar obligatoriamente -como si de una vaca sagrada se tratase- el último bote de refresco que queda en la nevera. Por si viene alguien.
Hasta el día de hoy no he conocido ni conozco a ese alguien. Me imagino a ese hombre con camisa impecable, con bigote decimonónico, la americana colgada del brazo y la mala costumbre de importunar la paz familiar de entre horas. Me lo imagino, además, con un mohín de desconfianza no del todo camuflado en el rostro, con una mirada permanentemente alerta para detectar inconformidades y una voz irritante que combinaría cortesías banales con censuras y desprecios variados:
-¡Me parece intolerable esa cama a medio hacer!
Apuntaría.
-¡Este mantel está raído y pasado de moda!
Protestaría.
-¿Cómo es posible que no me sirvan un refresco?
Estallaría.
Y entonces movería la cabeza como si en esta familia nos hubiésemos echado a perder. Se repasaría entonces con un dedo el bigote engominado, se encasquetaría su americana recién planchada y saldría dignamente por la puerta con la intención de contarle al primero que encontrase que aquí vivimos como en una tribu de incivilizados. Y lo peor de todo es que tendría toda la autoridad para decirlo. Él, que al parecer se merece nuestras buenas maneras y nuestras mejores cosas más que nosotros mismos.
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