En la cola del supermercado, si la diferencia de compra es muy evidente, suelen cederle el sitio a la persona que menos lleva. La proporción para este buen gesto se produzca puede ser de cinco a uno, aproximadamente, de ahí mi extrañeza cuando un hombre que llevaba en su cesta prácticamente la misma cantidad de productos que yo en la mía me invitó a pasar adelante. Este hombre estaría por los cuarenta, iba sin afeitar, repeinado pero mal peinado y llevaba una ropa demasiado grande para su pequeña estatura, todavía más empequeñecida por la exagerada curva que describía su cuerpo. Los ojos los tenía llorosos, profundísimos, y su mirada, que estaba fija en una de las paredes, permaneció sobre ella cuando se dirigió a mí.
-Pasa delante –dijo, apartándose.
-No hace falta. No tengo prisa.
-Menos prisa tengo yo. Vengo ahora de almorzar...
-No importa. Por dos minutos no nos vamos a morir.
Su insistencia era extraña, tanto como olor y como su mirada, todavía fija en la pared pero cada vez más endurecida conforme hablaba. Se le veía nervioso. Después de mi última contestación se acercó a una de las estanterías cercanas a la caja y buscó entre los caramelos algo que no podía ser más que tiempo: tiempo para encontrar otra frase, tiempo para que yo me adelantara, tiempo, en fin, para hacer tiempo. Pero la espera no tuvo sus frutos.
-Pues pasaré yo -dijo, finalmente, y levantó la cesta hasta dejarla sobre la cinta transportadora.
A continuación empezó a sacar poco a poco su compra: un paquete de leche, una bandeja de carne, queso rallado, botellas de gaseosa, un pack de estropajos... Quedaban todavía unos cuantos productos dentro de la cesta cuando, temblando, la dejó sobre la cinta transportadora y se fue a la otra parte de la caja. La dependienta sacó el resto de la compra y fue entonces cuando entendí toda la escena: su temor, su nerviosismo, su mirada esquiva y llorosa. En el interior de la cesta quedaban, junto a una inocente barra de pan, dos botellas de whisky, otras dos de ginebra y una garrafa de diez litros de vino. Me fui a mirar los caramelos.
-Pasa delante –dijo, apartándose.
-No hace falta. No tengo prisa.
-Menos prisa tengo yo. Vengo ahora de almorzar...
-No importa. Por dos minutos no nos vamos a morir.
Su insistencia era extraña, tanto como olor y como su mirada, todavía fija en la pared pero cada vez más endurecida conforme hablaba. Se le veía nervioso. Después de mi última contestación se acercó a una de las estanterías cercanas a la caja y buscó entre los caramelos algo que no podía ser más que tiempo: tiempo para encontrar otra frase, tiempo para que yo me adelantara, tiempo, en fin, para hacer tiempo. Pero la espera no tuvo sus frutos.
-Pues pasaré yo -dijo, finalmente, y levantó la cesta hasta dejarla sobre la cinta transportadora.
A continuación empezó a sacar poco a poco su compra: un paquete de leche, una bandeja de carne, queso rallado, botellas de gaseosa, un pack de estropajos... Quedaban todavía unos cuantos productos dentro de la cesta cuando, temblando, la dejó sobre la cinta transportadora y se fue a la otra parte de la caja. La dependienta sacó el resto de la compra y fue entonces cuando entendí toda la escena: su temor, su nerviosismo, su mirada esquiva y llorosa. En el interior de la cesta quedaban, junto a una inocente barra de pan, dos botellas de whisky, otras dos de ginebra y una garrafa de diez litros de vino. Me fui a mirar los caramelos.
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