A. lo tuvo claro desde muy pronto. Cuando tenía doce años mi padre le preguntó si quería hacerse cura –por aquél entonces los dos éramos monaguillos- y él, sin pensárselo apenas, respondió que no, añadiendo por cuenta propia una simple pero sólida razón a su negativa: “Yo es que quiero casarme”. Y se casó. Es más: hasta donde sé, lo ha hecho dos veces... Circunstancia que viene a demostrar, por una parte, que nada mejor para cumplir los objetivos que aspirar a ellos y, por otra, que no conviene descuidar ninguna matización. Pero entonces los dos teníamos doce años y éramos monaguillos. Y amigos.
Los fines de semana jugábamos a tenis en el polideportivo municipal. A. tenía la costumbre de radiar nuestros partidos en directo, a media voz o tres cuartos, para sí mismo pero sin recurrir a susurros por no restarle emoción al choque. Con voz latosa primero daba la bienvenida a los telespectadores “desde la pista central” –y tan central, porque sólo había una- y después ofrecía su opinión periodística sobre cada punto, juego, set y partido. Por las tardes, después del colegio, solía ir a su casa y jugábamos horas y horas a videojuegos. Le habían puesto un televisor en su cuarto y, por si no fuera suficiente este dato de independencia personal –tan admirado por mí-, dicho televisor tenía la arriesgada forma de un casco de moto.
A. era, efectivamente, un hombre libre. Empezó a fumar, a comprar revistas para adultos y a salir con chicas a una edad en la que yo incluso desconocía las tentaciones correspondientes. A él, en cambio, le guiaba su precoz inclinación a la vida conyugal y con la mirada fija en ese faro inconmovible parecía capaz de eludir, uno a uno, todos los escollos referentes a sus años, estado y situación de pre-adolescente. A él pudieron deberse las primeras grandes decisiones de mi vida –la de elegir, por ejemplo, entre su nuevo grupo de amigos y el antiguo con el que acababan de rivalizar- pero aquel lenguaje de hechos consumados no era el mío y tuvieron que pasar bastantes años para que empezara a serlo.
Quizá no deja de ser una fábula o, al menos, una imagen que mi memoria ha adoptado como alegoría de lo que acabó siendo, pero creo que mi amistad con A. empezó a resentirse desde que le compraron el perro. Era un pastor alemán enorme, fiero y sanguinario como no lo he vuelto a ver. Cada vez que entraba en su casa al menos dos de los miembros de la familia tenían que sujetarlo para que no se abalanzase sobre mí y me descuartizase, según las intenciones que se podían adivinar por sus ladridos y por su enconadísima resistencia a la autoridad y a la razón humanas. Desde entonces, nunca más me sentí bienvenido en aquella casa y al poco tiempo un asunto menor me distanció definitivamente de ella.
Fue por una bicicleta. A los quince o dieciséis años. Se la pedí prestada a A. para ir con mi hermano a hacer una pequeña excursión por la montaña y ocurrió la desgracia de que se rompiera una rueda y se desviase el manillar. La caída fue tremenda. Mi hermano, que fue el accidentado, le ofreció a A. la suya de carretera temporalmente y aquel mismo día llevó a reparar la averiada. Nada, pues, se nos podía achacar salvo el infortunio. A. no lo vio así. O, al menos, no lo vio así su familia y él no intervino para desengañarles. Aquella tarde recibí una llamada de su madre y, pese a todas mis disculpas y a todos los propósitos de enmienda de mi hermano, la mujer vino a decirme que mi amistad con A. se había terminado desde aquel mismo instante y que ya no volviese a poner el pie en su casa. Y no volví a ponerlo. A. siguió su camino y yo el mío. Caminos muy distintos salvo algunos encuentros, azarosos y puntuales, en los que siempre nos hemos dicho lo mismo: que si todavía juegas al tenis y que a ver si quedamos un día de estos. Ahora ya sólo compartimos el lenguaje.
Los fines de semana jugábamos a tenis en el polideportivo municipal. A. tenía la costumbre de radiar nuestros partidos en directo, a media voz o tres cuartos, para sí mismo pero sin recurrir a susurros por no restarle emoción al choque. Con voz latosa primero daba la bienvenida a los telespectadores “desde la pista central” –y tan central, porque sólo había una- y después ofrecía su opinión periodística sobre cada punto, juego, set y partido. Por las tardes, después del colegio, solía ir a su casa y jugábamos horas y horas a videojuegos. Le habían puesto un televisor en su cuarto y, por si no fuera suficiente este dato de independencia personal –tan admirado por mí-, dicho televisor tenía la arriesgada forma de un casco de moto.
A. era, efectivamente, un hombre libre. Empezó a fumar, a comprar revistas para adultos y a salir con chicas a una edad en la que yo incluso desconocía las tentaciones correspondientes. A él, en cambio, le guiaba su precoz inclinación a la vida conyugal y con la mirada fija en ese faro inconmovible parecía capaz de eludir, uno a uno, todos los escollos referentes a sus años, estado y situación de pre-adolescente. A él pudieron deberse las primeras grandes decisiones de mi vida –la de elegir, por ejemplo, entre su nuevo grupo de amigos y el antiguo con el que acababan de rivalizar- pero aquel lenguaje de hechos consumados no era el mío y tuvieron que pasar bastantes años para que empezara a serlo.
Quizá no deja de ser una fábula o, al menos, una imagen que mi memoria ha adoptado como alegoría de lo que acabó siendo, pero creo que mi amistad con A. empezó a resentirse desde que le compraron el perro. Era un pastor alemán enorme, fiero y sanguinario como no lo he vuelto a ver. Cada vez que entraba en su casa al menos dos de los miembros de la familia tenían que sujetarlo para que no se abalanzase sobre mí y me descuartizase, según las intenciones que se podían adivinar por sus ladridos y por su enconadísima resistencia a la autoridad y a la razón humanas. Desde entonces, nunca más me sentí bienvenido en aquella casa y al poco tiempo un asunto menor me distanció definitivamente de ella.
Fue por una bicicleta. A los quince o dieciséis años. Se la pedí prestada a A. para ir con mi hermano a hacer una pequeña excursión por la montaña y ocurrió la desgracia de que se rompiera una rueda y se desviase el manillar. La caída fue tremenda. Mi hermano, que fue el accidentado, le ofreció a A. la suya de carretera temporalmente y aquel mismo día llevó a reparar la averiada. Nada, pues, se nos podía achacar salvo el infortunio. A. no lo vio así. O, al menos, no lo vio así su familia y él no intervino para desengañarles. Aquella tarde recibí una llamada de su madre y, pese a todas mis disculpas y a todos los propósitos de enmienda de mi hermano, la mujer vino a decirme que mi amistad con A. se había terminado desde aquel mismo instante y que ya no volviese a poner el pie en su casa. Y no volví a ponerlo. A. siguió su camino y yo el mío. Caminos muy distintos salvo algunos encuentros, azarosos y puntuales, en los que siempre nos hemos dicho lo mismo: que si todavía juegas al tenis y que a ver si quedamos un día de estos. Ahora ya sólo compartimos el lenguaje.
No hay comentarios:
Publicar un comentario