lunes, 8 de agosto de 2011

3. El parvulito

Es el recuerdo más antiguo que poseo y resulta inexplicable que haya resistido tanto tiempo a tantos otros recuerdos, como un fósil milenario que se niega a desaparecer bajo las corrosivas arenas del olvido. Era 1983, yo tenía tres años y estaba en la guardería. Entre las actividades con que nos entretenían los cuidadores sobresalía una función de marionetas que, al parecer, a mí me encantaba y que, al parecer, provocaba que se me hiciera larguísimo el volver a encontrarme con aquellos amigos de madera y trapo que vivían en el piso superior y que sólo se dejaban ver a ciertas horas del día.

Una mañana, haciendo uso de mi libertad recién adquirida, decidí saltarme el horario, adelantarme a los acontecimientos e ir a visitar aquel mundo de fantasía por cuenta propia. El aventurero que fui, armado quizá de chupete y Dodotis, subió escalones, atravesó pasillos y abrió puertas, no menos valiente a sus tres años en una guardería que David Livingstone a los cuarenta y cinco atravesando el río Zambeze. Quería ver las marionetas a toda costa, quería que me hablaran -que me hablaran sólo a mí-, que me divirtieran con sus historias, que me hicieran reír con sus gestos, que me abriesen sus diminutos corazones para poder entrar yo en ellos en busca del hogar arrebatado.

Tras no sé cuántas penalidades logré alcanzar el piso superior, mi objetivo último, mi Lago Tanganica personal. Había allí un cuarto de baño y, al fondo, en una silla junto a la bañera, el escenario de las marionetas, con su estructura de cartón y su telón de fibra, un objeto al que mi arriesgada expedición, violando todo tipo de intimidades, había convertido en una obra inútil, incapaz ya de separar mundos a su antojo. Sorteado, pues, el umbral de la fantasía, atravesadas las misteriosas sendas de lo inefable y cuando ya creía estar divisando los fulgores máximos del universo paralelo, lo que ocurrió fue que me di de bruces con la cruda realidad: en el fondo de la bañera, frías, calladas e inmóviles, yacían, sin vida, las marionetas.

Aquel duro golpe de vista hizo que el muro de mi inocencia se viniera abajo, desmoronándose, quebrándose bajo mis pies como un castillo de arena recién conquistado. No sé si conseguí aprender algo con aquella experiencia. No sé si ignorante creí descubrir la muerte o si, lúcido, la desterré. De lo que sí estoy seguro es de que aquella mañana hubo un llanto en la guardería que resonó con mucha más fuerza que el resto, multiplicado por las duras paredes de una bañera infame, sepulcro improvisado e inevitable de mi primera infancia.

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