Sólo la llamo abuela ante los demás, cuando el pudor conviene.
Su padre era constructor y capataz. Rico de la época, o sea, que tampoco demasiado. Según cuentan, hizo algunas de las mejores casas del pueblo. Actualmente la mayoría están vacías, abandonadas, quizá por ser demasiado grandes y las familias de hoy demasiado pequeñas. El abuelo Salvador, mi bisabuelo, consiguió reunir suficiente dinero para que ni su mujer ni sus hijos pasaran hambre durante los peores años. Miedo sí pasaron. Y mucho. Los milicianos llamaron varias veces a la puerta de casa para matar al hombre rico. Él se escondía en el armario y los demás, reprimiendo el grito, juraban que se había marchado y que no sabían ni dónde estaba ni cuándo volvería. Según cuentan, sus trabajadores fueron los que consiguieron salvarle del asesinato... Pero no de la ruina ni de la desgracia. Se murió muy joven y el resto de la familia se fue a la capital para poder seguir viviendo sin pasar hambre. Después regresaron al pueblo, a la misma casa y con la misma memoria.
Mi abuela empezó a salir con mi abuelo a los 13 años y se casó a los 25. Hasta entonces jamás le dio un beso y, por no dar, ni siquiera la mano porque a saber qué dirían los del pueblo. Mi abuela era muy guapa. En los bailes se la rifaban los hombres, incluso a sabiendas de que no tendrían premio. Ella siempre ha tenido muy claros sus orígenes de niña rica y ha tratado de ser fiel a ellos, sobre todo en la pobreza. Siempre le han gustado Viena, los valses, Sisí Emperatriz, Grace Kelly y no dar que hablar a nadie. Mi abuelo tuvo que acomodarse y su anécdota más famosa da cuenta de que no fue fácil. Un día les invitaron a una merienda en el campo y él, con toda su buena fe, se ofreció para llevar el fiambre. Cuando llegaron allí y se lo pidieron a mi abuela casi se le abre la tierra al ver que, delante de todos, mi abuelo hacía aparecer unas lonchas de jamón y unos trozos de queso del fondo de sus bolsillos. Nunca le perdonó aquel escarnio social aunque estoy seguro de que hizo por enmendarse.
Tampoco le ha perdonado que se muriera, tan joven. Se fue una noche como otra cualquiera, a finales de noviembre, sin previo aviso y, según los análisis, completamente sano. Fumaba, eso sí, a escondidas y casi siempre después de cenar con la excusa de comprar helados para los niños. Para nosotros. Mi abuela le ha echado la culpa de su muerte a Dios y a aquellos cigarros, aunque el orden ha ido variando con el tiempo. Ahora, reconciliada con la religión pero sin apenas rastro de mansedumbre, se considera con pleno derecho a exigirle a la divinidad cualquier tipo de reparación física, fundamentalmente la de sus piernas maltrechas y la de su vejez, según la justicia humana.
Su padre era constructor y capataz. Rico de la época, o sea, que tampoco demasiado. Según cuentan, hizo algunas de las mejores casas del pueblo. Actualmente la mayoría están vacías, abandonadas, quizá por ser demasiado grandes y las familias de hoy demasiado pequeñas. El abuelo Salvador, mi bisabuelo, consiguió reunir suficiente dinero para que ni su mujer ni sus hijos pasaran hambre durante los peores años. Miedo sí pasaron. Y mucho. Los milicianos llamaron varias veces a la puerta de casa para matar al hombre rico. Él se escondía en el armario y los demás, reprimiendo el grito, juraban que se había marchado y que no sabían ni dónde estaba ni cuándo volvería. Según cuentan, sus trabajadores fueron los que consiguieron salvarle del asesinato... Pero no de la ruina ni de la desgracia. Se murió muy joven y el resto de la familia se fue a la capital para poder seguir viviendo sin pasar hambre. Después regresaron al pueblo, a la misma casa y con la misma memoria.
Mi abuela empezó a salir con mi abuelo a los 13 años y se casó a los 25. Hasta entonces jamás le dio un beso y, por no dar, ni siquiera la mano porque a saber qué dirían los del pueblo. Mi abuela era muy guapa. En los bailes se la rifaban los hombres, incluso a sabiendas de que no tendrían premio. Ella siempre ha tenido muy claros sus orígenes de niña rica y ha tratado de ser fiel a ellos, sobre todo en la pobreza. Siempre le han gustado Viena, los valses, Sisí Emperatriz, Grace Kelly y no dar que hablar a nadie. Mi abuelo tuvo que acomodarse y su anécdota más famosa da cuenta de que no fue fácil. Un día les invitaron a una merienda en el campo y él, con toda su buena fe, se ofreció para llevar el fiambre. Cuando llegaron allí y se lo pidieron a mi abuela casi se le abre la tierra al ver que, delante de todos, mi abuelo hacía aparecer unas lonchas de jamón y unos trozos de queso del fondo de sus bolsillos. Nunca le perdonó aquel escarnio social aunque estoy seguro de que hizo por enmendarse.
Tampoco le ha perdonado que se muriera, tan joven. Se fue una noche como otra cualquiera, a finales de noviembre, sin previo aviso y, según los análisis, completamente sano. Fumaba, eso sí, a escondidas y casi siempre después de cenar con la excusa de comprar helados para los niños. Para nosotros. Mi abuela le ha echado la culpa de su muerte a Dios y a aquellos cigarros, aunque el orden ha ido variando con el tiempo. Ahora, reconciliada con la religión pero sin apenas rastro de mansedumbre, se considera con pleno derecho a exigirle a la divinidad cualquier tipo de reparación física, fundamentalmente la de sus piernas maltrechas y la de su vejez, según la justicia humana.
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