Los sonidos son los mismos pero a las siete de la mañana todo suena distinto: el despertador, el agua en la ducha, la maquinilla eléctrica, los coches en la calle... Es el mundo de los adultos, ese mundo que desgasta mi espíritu y me deja moratones en las piernas. Lo escucho desde la cama y nada me incita a incorporarme.
Día de viento y hojas secas formando remolinos. En este mes de transición entre lo mucho y lo poco, entre el exceso y la contención, es cuando puede observarse la influencia decisiva, incontrovertible, de la atmósfera sobre el carácter humano. Mientras que el frío paraliza los ánimos y el calor los sofoca, el viento los sacude de tal modo que la indolencia suele derivar en apremio. La flor de la piel y sus urgencias.
Suelo elegir los lugares en los que estudio según se le parezcan al día. Si sale amarillo voy a un lugar amarillo. Si sale azul voy a un lugar azul. Y si sale naranja me resigno y resuelvo entre el amarillo y el azul porque el naranja está vedado. Hoy, a falta de ganas, he optado por el lugar azul. Allí abundan los ocres y la luz inservible. Las sillas son mucho más cómodas que en el lugar amarillo y la escasez de gente no anima a competir con nadie. Las miradas son casi siempre amistosas. La falta de energía afecta a todos los órganos por igual.
A las tres, con la cabeza metida entre los brazos, he estado a punto de dormirme pero una sensación de haber abortado algo en el último instante -¿Un ronquido? ¿Una voz? ¿Un grito?- me ha hecho abrir con miedo los ojos y llevarlos a mi alrededor por si la reacción había llegado tarde. Pero no. Aunque he creído soñar algo -o entrever el sueño de ese algo- todo estaba tal y como había estado a punto de dejarlo: en silencio, con un rumor lejano de folios y una chica morena, pequeña y de aspecto delicado al fondo de la sala. La he visto otras veces por allí, con esa misma expresión de calmado interés que tenía hoy mientras subrayaba unos apuntes. Al marcharse me ha parecido que todo estuviera de más dentro de la sala: las estanterías, los libros, las mesas, la gente... Incluso el mismo aire, que ha dejado de estar suspendido y ha caído a plomo, redondo sobre el suelo gris.
A las siete de la tarde los edificios grises se han tintado de una luz de color de trigo y ha aparecido un grillo debajo de la ventana. A las ocho el cielo ha cambiado a rosa y el viento ha silbado entre las rendijas. La noche ha caído unos minutos después. Desde dentro todo exterior se muestra enigmático. Desde fuera todo interior parece confortable. Hoy la luna parece un pelo blanco desprendido de la barba de Dios.
Día de viento y hojas secas formando remolinos. En este mes de transición entre lo mucho y lo poco, entre el exceso y la contención, es cuando puede observarse la influencia decisiva, incontrovertible, de la atmósfera sobre el carácter humano. Mientras que el frío paraliza los ánimos y el calor los sofoca, el viento los sacude de tal modo que la indolencia suele derivar en apremio. La flor de la piel y sus urgencias.
Suelo elegir los lugares en los que estudio según se le parezcan al día. Si sale amarillo voy a un lugar amarillo. Si sale azul voy a un lugar azul. Y si sale naranja me resigno y resuelvo entre el amarillo y el azul porque el naranja está vedado. Hoy, a falta de ganas, he optado por el lugar azul. Allí abundan los ocres y la luz inservible. Las sillas son mucho más cómodas que en el lugar amarillo y la escasez de gente no anima a competir con nadie. Las miradas son casi siempre amistosas. La falta de energía afecta a todos los órganos por igual.
A las tres, con la cabeza metida entre los brazos, he estado a punto de dormirme pero una sensación de haber abortado algo en el último instante -¿Un ronquido? ¿Una voz? ¿Un grito?- me ha hecho abrir con miedo los ojos y llevarlos a mi alrededor por si la reacción había llegado tarde. Pero no. Aunque he creído soñar algo -o entrever el sueño de ese algo- todo estaba tal y como había estado a punto de dejarlo: en silencio, con un rumor lejano de folios y una chica morena, pequeña y de aspecto delicado al fondo de la sala. La he visto otras veces por allí, con esa misma expresión de calmado interés que tenía hoy mientras subrayaba unos apuntes. Al marcharse me ha parecido que todo estuviera de más dentro de la sala: las estanterías, los libros, las mesas, la gente... Incluso el mismo aire, que ha dejado de estar suspendido y ha caído a plomo, redondo sobre el suelo gris.
A las siete de la tarde los edificios grises se han tintado de una luz de color de trigo y ha aparecido un grillo debajo de la ventana. A las ocho el cielo ha cambiado a rosa y el viento ha silbado entre las rendijas. La noche ha caído unos minutos después. Desde dentro todo exterior se muestra enigmático. Desde fuera todo interior parece confortable. Hoy la luna parece un pelo blanco desprendido de la barba de Dios.