sábado, 3 de septiembre de 2011

10. El pájaro amarillo

Me gustaría saber qué hay en ese segundo de más que algunos invierten antes de dejarse llevar por las escaleras mecánicas, sentir qué cúmulo de desgracias, qué horrores intuidos se sucederían en caso de poner los pies en el lugar inadecuado. Quizá entonces descubriría -o ya habría descubierto, de sentirlo- esa necesidad suya de conservar, de contener, de retener el tiempo en cada una de sus posibilidades, la experiencia completa de vivir temiendo la propia muerte. Yo no la temo y aquí estoy –o allí estaba, cuando evitaba reflexionar sobre lo que escribo ahora-, anegado hasta las fauces, sumergido en el diván de la bañera, escuchando sobre la piel esta vida que transcurre sin la gloria de la pena.

Nuria se ha marchado. Se fue hace sin decir nada. Peor aún: se fue sin escuchar nada, por la inercia incontestable de la lógica. Antes me contó que había conocido a alguien pero yo sé que no era verdad. No, al menos, en ese momento. Me dijo que "la situación" era "insostenible", como si en esa frase "insostenible" fuese para más expresivo que "situación". Pero a ella gustaban las palabras en negativo, esas que obligan a buscar varias veces en el diccionario: inenarrable, acromático, desenfundar... Quizá esto se debiera a su permanente búsqueda del equilibrio, a su obsesiva ansia de seguridad. El mal, según su modo de ver las cosas, nunca podía definirse como característica sino como ausencia: no existía lo confuso sino lo impreciso, no la tristeza sino el desánimo, no los gilipollas sino los insensatos... Nuria no creía en el infierno. Creía en un cielo limitado y lo que quedaba fuera de él carecía de un ser propio. La oscuridad sólo podía definirse como ausencia de luz. Por eso dijo "insostenible".

Cuando nos conocimos, lo primero que me atrajo de ella fui yo mismo, tal y como suele ocurrir cuando en el encuentro no media un deslumbramiento súbito. Nuria jamás pretendió esas ni otras exhibiciones y lo suyo fue un amanecer lento y consciente. Me gustaba verme a través de sus palabras, comprobar en ellas que las mías adquirían sentido y que nos entendíamos lo suficiente como para saber que apenas estábamos de acuerdo en nada. No compartíamos las conclusiones pero sí el mecanismo que llevaba a ellas, de igual forma que la naturaleza es capaz de generar características opuestas a partir de un elemento único. La ilación, me decía, sin saber que se escribía sin hache y que no venía de "hilo".

Pasado un tiempo dejé de verme en ella. Dejé de infravalorarla y esa fue mi peculiar forma de dejar de sobrevalorarme. Fue en ese momento cuando empecé a buscarle un adjetivo que la distanciara de mí, que la alejara de mi medida y la definiera tal y como debe de ser para quienes no aceptan opiniones subjetivas. No encontré ese adjetivo pero a cambio fui capaz de ver su definición más perfecta en la certidumbre de una noche: a Nuria se le podía ofrecer la vida con la plena seguridad de la devolvería mucho mejor de lo que era.

Nuria me reconciliaba con la humanidad y lo hacía, paradójicamente, dándome la razón cuando yo criticaba sus miserias. Su primer impulso era contradecirme y mostrarme lo absurdo de mis generalizaciones, decirme que la gente no era la gente sino cada uno; que la gente era ella, su hermana, su madre o su amiga Marina; que la gente, en fin, era su gente, la gente a quien ella conocía. Pero al rato un mal recuerdo cruzaba por su mente y ocultaba su gesto de niña. "Aunque puede que tengas razón", me decía entonces y, aconsejada por aquel mal recuerdo, se rendía, por inercia, como una luz fundida por querer iluminar demasiado. Era en aquella oscuridad compartida cuando yo buscaba las razones que me negaran y nos negaran... Y las razones siempre estaban en ella, en su pecho dolorido, en su cuerpo de adulta que ahora me ha dejado para marcharse a su lado brillante de la luna.

Cuando vuelvo a notar este dolor en el pecho, cuando regresa esta presión que tira de los cabos de mi angustia hasta desplegarla por encima de mi cuerpo, no dejo de pensar en un sueño que tuve en esta casa, a los treinta años, unos meses antes de que se marcharan mis padres. Consistió en una visión breve, intensa y repentina, de un pájaro amarillo, de plumaje suave e inmaculado, dirigiéndose velozmente hacia mí, chocando con violencia contra mi pecho y penetrando en él como un rayo inmaterial, como un asfixiante soplo de luz. Recuerdo que desperté al recibir el golpe y que aún lo sentía mientras las dudas sobre su origen comenzaban a mezclarse, a diluirse y a evaporarse finalmente en contacto con la realidad. Desde entonces, desde aquella mañana, cada vez que me ataca esta enfermedad recreo en mi imaginación lo que me queda de aquel sueño -cada vez menos- y busco a ese pájaro amarillo, eterno a mi manera y a la suya, anidado para siempre en la oscuridad de mis confines.

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