miércoles, 7 de septiembre de 2011

12. El final del verano

El hombre que se acuesta cada noche en mi cama no es el mismo que se levanta de ella al amanecer. A simple vista pueden parecer idénticos pero se distinguen lo suficiente como para creer que algo ha ocurrido entre las sábanas. El hombre que se acuesta cada noche en mi cama es un valiente capaz de levantar carpas de circo con hilos de algodón, de susurrar un "Te deseo" al oído de cualquiera, de eliminar los escrúpulos de más. El hombre que se acuesta cada noche en mi cama es un inventor de gestas, un relator de gestos que deslumbran durante un éxtasis previo a la fantasía y desaparecen al llegar la mañana.

A principios de septiembre el viento suele tener más fuerza que de costumbre y arranca con mayor facilidad la pintura de los edificios ablandada por la humedad, y tira al suelo las hojas ya gastadas de los árboles. Todo está más sucio y la ausencia de quienes han vuelto al trabajo sugiere el abandono de la semana que viene y los fantasmas del próximo mes. En mi habitación también se aprecia el final de las vacaciones. Las sábanas, limpias y frías, huelen a armario cerrado. Los cajones están llenos de objetos a punto de convertirse en recuerdos. El rumor de las olas suena más cercano y valioso que nunca.

Amanece en el puerto y la lengua de mar que llega hasta el embarcadero se moja de un blanco apagado, casi gris, que se rompe en un temblor de destellos flotantes junto a las barcas encendidas. Las miradas viran obstinadamente hacia el mar abierto, hacia la inmensidad monótona y fría que se pierde. El paisaje se transforma en mensaje. El silencio no incomoda. Aquello que se cuentan los amantes -apenas nada, en comparación- se lo cuentan susurrando con caricias de la voz y de la piel; más de la piel que de la voz, incluso, cuando hablan. ¿Para qué más? El aire lleva, junto al olor de mar, todas las palabras que ni ellos ni el lenguaje mismo han descubierto todavía.

Un niño quiere desayunar en las escaleras. La madre le dice que no, que lo harán sobre la arena de la playa, que para algo han cargado desde casa con las butacas y la sombrilla. Pero el niño no quiere aceptar el argumento y se deja caer sobre los escalones, decidido, sin ninguna intención de seguir caminando hacia la playa. La madre y la hija, que van de la mano, no se detienen ni miran hacia atrás. Ni siquiera miran cuando el niño comienza su berrinche. Al convencerse este de que ya no le oyen -un rato después de asumir que ya no le escuchan- cesa su llanto y se pone en pie, protesta un momento al cuello de su camiseta y luego se pone en marcha dando grandes pasos, con la cabeza levantada y moviendo exageradamente los brazos adelante y atrás. Se ha rendido, sí, pero quiere dejar claro que todavía conserva el orgullo.

Hubo un tiempo en que todos los muñecos de trapo sonreían. En las tiendas de juguetes o sobre los colchones de las camas reinaban la felicidad, el sosiego y esa plenitud dorada de los momentos que buscan permanecer. A base de costuras se desterraban las tristezas evitables. Las niñas, con aquellos muñecos sonrientes, podían soñar con ser madres y sentir la maternidad como un reino deslumbrante de paz, como un paraíso concedido y una fuente de calor de la que gozar incluso antes de entenderla. Podían tomar a sus hijos fingidos entre los brazos y, en un ir y venir con olor a cielo, vivir su particular fantasía de hacerse mayores sin dejar de ser niñas.

Pero llegó el día en que la industria quiso jugar a ser Dios y, a consecuencia de no sé qué pecado original, borraron la sonrisa eterna de los rostros de trapo y articularon los ojos artificiales para apartarlos de la luz y que también pudieran contemplar la tiniebla. Sobre aquellos cuerpos sin la mortalidad que concede la vida, los nuevos tiempos lanzaron las plagas de la necesidad y de la enfermedad, sacando a la luz el cúmulo de tareas y sacrificios que comporta el cuidado de los hijos y que hasta entonces, ingenuamente, se había silenciado. A partir de aquel momento la felicidad dejó de ser gratuita y comenzó a hacerse real. El final de la inocencia.

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