miércoles, 24 de agosto de 2011

8. Carta a un aristócrata

Estimado Señor:

Como usted sabrá yo nací en tierra de bárbaros, hijo de una raza cuya principal peculiaridad ha consistido -casi desde su irrupción en el mundo- en no haber inventado nada bueno ni dejado cosa mala por inventar. A pesar de su escasa aportación al progreso humano, es digno de admirar, sin embargo, el enorme y continuado aprecio que este pueblo ha sentido por las artes, un aprecio que le ha llevado, en no pocas ocasiones, hasta el extremo de querer destruirlas por completo. No en vano, la nuestra es la cultura de la pólvora.

A menudo se me ha reprochado mi piel clara, la delicadeza de mis manos y el tiempo que, dedicado al ocio, me ha conferido tal piel y tales manos. Se me ha tachado de holgazán, de vividor, de aristócrata... E incluso hay quien, rayando lo intolerable, ha dicho ver en mí la manifestación más fiel del socialismo. Por la presente carta quiero demostrarle a usted, estimado señor mío, que lejos de tener razón tales acusaciones son firme e indudablemente ciertas.

Esta mañana en la estación se me ha acercado un individuo para preguntarme sobre el destino de un tren determinado. Encontrándome donde me encontraba la pregunta no me pareció improcedente aunque, a todas luces, estaba fuera de lugar. El sujeto en cuestión era un animal con apariencia de hombre, uno de tantos especímenes que por tener brazos y piernas creen poseer la capacidad de argumentar en su favor. Aquel chico -pues era un ejemplar joven de lo que fuera- calzaba dos orejas de tamaño considerable y varios dientes que destacaban por su ausencia. La piel quemada de su rostro y la endurecida costra de sus manos delataban un origen tan pegado a la tierra que me resultó muy complicado adivinar dónde acababa él y dónde empezaba ella. El chico, tras escuchar mis indicaciones, me contó que venía de recoger naranjas y comprenderá, señor, que no le cuestionase el testimonio. Naranjas salustianas, para más señas, que, según dijo, crecen a gran altura y dificultan su recolección.

Tuve la gentileza de dirigirme a él en su propio idioma bárbaro y, a pesar de mi escaso dominio del mismo, he de participarle de la elegancia de mis frecuentes vacilaciones frente a la rudeza natural de su verborrea. Entenderá, señor, los impagables esfuerzos que personas como yo realizamos en busca del normativo uso de una lengua que, por no tener normativa, se permite el lujo de aplicarse tantas. Al principio, su conversación poseía una frescura singular, lógica en estas tierras donde tanto abunda lo que no merece ser escrito. Sin embargo, esa frescura degeneró muy pronto en un folklorismo redundante con el que me quiso alabar las virtudes de una querida amiga suya que, fundamentalmente, consistían en no salir de casa y en no tener amigas con las que coversar. Comprenderá usted que me quedara rendido ante tan admirable ejemplar de mujer y no quisiera saber más de ella.

Suyo,

R.

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